Hace
ya bastantes años el crítico George Steiner advertía en su obra
"Lenguaje y silencio" del empobrecimiento que está sufriendo
el lenguaje literario en los finales del siglo XX, y de la imparable
tendencia a la "liviandad" que parece aquejar a las obras de
los escritores de la posmodemidad. Abogaba Steiner por recuperar como
canon literario la complejidad y extensión verbal, para contrarrestar
esa corriente de "simplificación" que él consideraba
negativa. Resulta además
frecuente encontrar en las páginas de las revistas especializadas en
literatura y en los suplementos de los diarios, que la crítica reclama
una mayor densidad e incluso dificultad en el lenguaje que han de
emplean los escritores. Y como telón de fondo de esta situación, ya es
común acusar a los medios de comunicación en general del
empobrecimiento del lenguaje por la aplicación constante de la economía
de palabras para lograr una mayor efectividad con las mismas.
Para agravar este problema los nuevos medios surgidos a finales
de milenio, por ejemplo Internet, están creando un discurso donde prima
la superficialidad para agilizar la comunicación.
De
todo ello se deduce un gran desconcierto que lleva a muchos lectores a
confundir literatura breve con literatura liviana o simple, de forma que
el escritor de relatos, aforismos o cuentos pasa automáticamente a
formar parte de ese ejército que al propugnar la simplificación de las
formas expresivas está contribuyendo al empobrecimiento de la
literatura. Más aún, puede llegar a pensarse que la brevedad y la
concisión son en el fondo los peligros que acechan a la literatura de
nuestra época. Nada más
lejos de la realidad.
A
la vista de esta situación hemos de preguntamos: ¿puede un escritor
riguroso enarbolar la bandera de las formas breves? ; ¿podemos
reivindicar por ejemplo la concisión o la elipsis, como virtudes estilísticas?.
Para responder a estas preguntas quizás sea preciso realizar una
reflexión al respecto.
En
primer lugar conviene hacer un poco de historia para recordar que al
principio de los tiempos y durante muchos siglos la literatura tuvo como
máxima ineludible la brevedad, por cuanto que en sus inicios era
inevitablemente oral (la literatura es anterior a la escritura).
De esa remota época conservamos grandes monumentos de la palabra
como son los cuentos populares, las fábulas, los mitos o los refranes,
que adoptan claramente los cánones de la literatura breve ya que
durante siglos su forma de conservación y transmisión fue memorística,
y como es lógico, un texto que ha de ser repetido y conservado gracias
al recuerdo no puede tener una gran extensión.
Pero
todo lo que el hombre quiso en un principio contar lo quiso luego
escribir, y tras el desarrollo de las técnicas adecuadas finalmente las
creaciones literarias fueron registradas en un texto. Tras poner por escrito la Balada de Gilgamesh, la Biblia o la
Odisea el hombre comenzó a pensar que la brevedad ya no era tan
importante, puesto que las obras se podían conservar en un lugar
diferente de la memoria. Entonces se propuso seguir consiguiendo avances
en las formas escritas y por tanto en la complejidad del discurso,
desarrollando los géneros así como las posibilidades técnicas del
texto para alcanzar finalmente uno de los inventos más perfectos y benéficos
que hasta ahora ha logrado la humanidad: el libro. Tras el libro apareció
la imprenta, y una vez perfeccionada ésta los escritores pudieron por
fin dar rienda suelta a las posibilidades que el uso del lenguaje y la
ficción les ofrecía; la época dorada del libro comienza precisamente
entonces, cuando Cervantes, Shakespeare, Moliere, Quevedo y otros muchos
autores a lo largo de los siglos siguientes consigan sacarle todo el
partido posible a la lucha y al juego con el lenguaje, seguros de que
luego va a poder ser eficazmente reproducido en un texto impreso.
Es
cierto como detecta Steiner en el ensayo aludido al principio de este
discurso, que tras el colosal trabajo llevado a cabo por Joyce, Nabokov,
Cortázar, etc. los escritores actuales parecen “cansados” de
desarrollar las posibilidades del texto escrito, que se habla
constantemente de la crisis de la novela y que ha perdido prestigio la
labor de innovar.
Pero
es que además el hombre del siglo veintiuno es un consumidor voraz e
insaciable de ficciones. Contempla continuamente historias en las películas
que ve, pero también en los anuncios televisivos, en los reportajes o
en los dibujos de un cómic, de forma tal que durante una vida normal
cualquier persona ha conocido miles de argumentos y tramas. Frente a tamaña competencia el escritor difícilmente puede
aspirar a crear una nueva historia, pero lo que sí puede hacer es
aprovecharse del conocimiento que el lector tiene ya de la ficción para
llevarle a algún lugar que no haya visitado aún. Y es precisamente esa
experiencia previa sobre la ficción uno de los grandes aliados del
escritor de formas breves, que en ocasiones sólo tiene que sugerir un
inicio para que sus lectores imaginen el resto de la historia, y en
otras, juega con la previsibilidad de los argumentos.
Regresando
a la simplicidad y dejando puertas abiertas para que el lector colabore
en la construcción del relato, el escritor de formas breves se plantea
nuevos retos relacionados con la intensidad y complejidad del lenguaje,
pero no con la profusión que muchos críticos reivindican como máxima
literaria a perseguir. En estas nuevas estrategias entraría la admiración
por la elipsis, por la concisión, por el poder de la sugerencia, por la
reelaboración de las estructuras narrativas, que en muchos casos
trabajan los escritores de géneros breves.
Sería
pues a partir de estos presupuestos sobre los cuales el relato moderno
construiría su razón de ser, abriendo nuevos caminos para la
literatura y la expresión escrita sin renunciar a sus
propios
valores estilísticos, y sin que se le infravalore por no seguir el canón
establecido desde hace siglos.
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