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Taller de relatos
Miguel A.Cáliz
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Las Pulgas del Sultán

Las
Pulgas son publicaciones cuatrimestrales editadas por el Taller de
relatos de Casa de Porras, donde se combina el trabajo de creadores
plásticos y escritores de relatos. Como muestra. uno de los textos
publicados en el número dos.
HJ1
Por Ismael Yousfi Roy
El canario es el animal doméstico que antes se ve afectado por una
radiación de tipo nuclear. De hecho, tarda escasos seis segundos en
morir tras ser irradiado por dicha fuente. El anciano señor Waltman
conocía este dato, y por ello cada mañana al levantarse miraba a la
ventana y exclamaba: “¡Ojalá los rusos nos bombardeen el culo para
que mueras antes que yo, hijo de mala madre!”. El hijo de mala madre
era Pity, el canario de la señora Waltman, la cual había muerto varios
meses atrás. Antes de morir, las últimas palabras de la señora fueron
“cuida de Pity, John”. El canario era la segunda cosa que la
Ms.Waltman más quería en el mundo. La primera no era John, sino su
geranio, el cual se secó semanas más tarde de desaparecer su cuidadora.
El señor Waltman se alegró al perder al geranio, y tras decir “uno
menos, a ti te enterraré aquí” colocó la maceta al lado de la jaula
de Pity. Tras levantarse, el viejo Waltman solía bajar diariamente a
desayunar a una cafetería cercana. Mientras desayunaba opíparamente
siempre leía el “New York Times”, su periódico favorito, reservando
la sección de deportes para cuando estuviese sentado cómodamente en su
sofá. El señor Waltman seguía con atención el avance de una plaga
perjudicial para el alpiste a través de su periódico, deseando que esas
criaturas acabasen por encontrar la dirección de su casa.. Al acabar su
desayuno, solía ir a pasear a un parque cercano hasta la hora del
almuerzo, en donde se entretenía en disparar mendrugos de pan contra las
palomas. Después de causar serias bajas en familiares de Pity, regresaba
a su casa. Nada más entrar solía exclamar: “¿Todavía sigues vivo
malnacido?”, a lo que el canario respondía con un poderoso cantar. En
su sofá el señor Waltman disfrutaba de una apasionante lectura sobre su
equipo de baloncesto, los New York Nicks. Cuando acababa, cogía las
hojas del periódico y echaba varios puñados de alpiste sobre ellas,
insertándolas después en la jaula de Pity. Ésta estaba saturada
de papel de periódico y montoncitos de alpiste que desbordaban el
habitáculo del canario, así como docenas de tapones de botellas de
whisky llenas de agua. “¡Come hasta reventar, pajarraco!”. Pity
estaba tan gordo como un pollo, pero gozaba de una salud excelente. El señor
Waltman se hizo cargo de él pensando que su muerte sería posterior a la
del animal. En realidad Pity debería haber muerto hacía ya un par de años,
pero se mantenía en increíble forma. “¡No pienses que me vas
enterrar maldito bicho, morirás antes que yo!”, le recordaba de vez en
cuando al animal. Tras el almuerzo Mr.Waltman solía dormir varias horas.
Cuando anochecía, la luz de las farolas lo despertaba, marcándole la
hora de la doma de la fiera. John se acercaba a la jaula y gritaba: “¡Canta
desgraciado!”, a lo cual Pity respondía con un inquieto movimiento de
cabeza. “¡Canta desgraciado!, y a esta segunda orden el pájaro solía
moverse de una esquina a otra de la jaula. “¡Pues mañana cantarás!”.
De vez en cuando al animal le daban extrañas convulsiones tras las órdenes
del señor Waltman, a las que éste respondía exaltado con frases como:
“¡Vamos, muere, muere!”. Pero después de varios minutos Pity volvía
a la normalidad. Cerca de medianoche el anciano se acostaba, no sin antes
aconsejar al canario de que no se muriese mientras dormía, pues quería
verlo sufrir. Los días para el señor Waltman pasaban siempre de la
misma forma y con los mismo acontecimientos. Cuando enfermó gravemente y
tuvo que recluirse en su habitación, se encerró en ella con la jaula de
Pity a un lado de la cama, por si moría antes que él. Al deterioro de
la salud del señor Waltman sólo lo consolaba el que una plaga de
insectos que infectaban el alpiste, había acabado indirectamente con la
vida de miles de canarios. Por ello aumentó la dosis de alpiste del
animal esperando su pronto contagio, pero esto no sucedía. La hora de la
muerte del anciano Waltman se acercaba, y Pity derrochaba más salud a
cada día que pasaba. Cuando John Waltman exaló su último suspiro le
dedicó la mirada final a Pity, que revoloteaba en su jaula. El señor
Waltman legó sus únicas pertenencias a sus hijos. Éstas eran su casa,
su coche, y su canario, que murió de extrañas convulsiones cinco
minutos después que él. Seis meses más tarde, en el verano de 1964,
los Rolling Stones sacaban su primer disco a la luz. Semanas después los
científicos americanos descubrieron la hormona HJ1, un sesquiterpeno que
inhibía el crecimiento de los insectos que deterioraban el alpiste,
acabando con la molesta plaga. La HJ1 se encontraba en la esencia del
pino americano, la cual se obtiene de la corteza de dicho árbol. La
industria americana del pino estaba centrada en ese tiempo en producir
exclusivamente papel de segunda calidad, cuyo mayor comprador era el periódico
“New York Times”.
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